En las ardientes llanuras de la
Argentina rural, donde el sol se precipitaba con furia y las noches susurraban
secretos tenebrosos, mi corazón ardía con una pasión avasalladora. Soy Tomás,
un joven marcado por la tragedia, y mi voz tiembla al recordar la historia de
Alina, una mujer que llegó a mi vida cuando yo tenía apenas 18 primaveras, un
año después de la muerte de mi primer amor, María.
Ella, como un oasis en el
desierto, se convirtió en la fuente de mi mayor dolor. Su belleza etérea y su
mirada enigmática cautivaron mi alma desde el primer instante en que sus ojos,
profundos como el café que brilla bajo el sol, se posaron en mí. Sus cabellos,
entre cafés y dorados, caían en mechones desordenados sobre su piel blanca como
el terciopelo, dándole un aire casi irreal, como si hubiera sido arrancada de
un sueño. Delgada, de curvas marcadas y una presencia que desbordaba lo que su
edad permitía comprender, vestía un short mugroso de mezclilla y un camisón
ligero que apenas insinuaba su figura, como si la ropa no lograra contener lo
que realmente era. Su timidez y aparente calidez contrastaban con un aura
inquietante, una sensación fría que la envolvía como la noche más oscura, como
si dentro de ella habitara algo que no terminaba de revelarse.
Alina llegó a la granja
desnutrida y taciturna, con manchas en su piel que revelaban una vida de
penurias. Parecía haber vagado durante mucho tiempo por las llanuras, apenas
pronunciando una palabra. Su silencio era un enigma, una barrera que me impedía
conocerla a fondo. Sus ojos, llenos de una tristeza infinita, parecían esconder
secretos que jamás serían revelados. Sin embargo, a pesar de su silencio y
misterio, Alina despertó en mí una pasión que jamás había sentido. Su presencia
llenaba la casa de una quietud inusual, y cada mirada suya era un poema que mi
corazón recitaba sin cesar. La amaba con una intensidad que me consumía, con
una devoción que desafiaba toda lógica.
Un día, mientras yo araba la
tierra y ella preparaba la comida, queso, carne y pan para variar, Alina me
llamó desde la casa. Pero yo estaba en las extensas tierras de mi padre. Fue
entonces que mi padre le pidió que fuera a buscarme. Alina ese día llevaba un
vestido blanco que dejaba entrever sus hermosas y fuertes piernas, que después
de un tiempo de cuidar el ganado se habían fortalecido. Llegó a mí y solo dijo
tres palabras: "A comer, sangre". Mis manos, aún no completamente
desarrolladas, tenían marcas del rastrillo que utilizábamos para arar,
especialmente en el dedo pulgar izquierdo. Recuerdo que ella, después de esas
tres palabras, tomó mi mano y lamió mi pulgar para limpiar la herida,
escupiendo después para dejarla libre de gérmenes y probar mi sangre.
Aquello, como hombre joven, me
excitó al mismo tiempo que me heló la sangre. Un escalofrío recorrió mi cuerpo
y una mezcla de emociones me invadió: fascinación, miedo, deseo, incertidumbre.
El misterio que rodeaba a Alina se intensificaba, y su acto inesperado me dejó
con más preguntas que respuestas. ¿Qué significaba su gesto? ¿Era una señal de
afecto, una muestra de poder, o algo más siniestro? La sombra de la duda se
cernía sobre nuestra relación, y un presagio de tragedia pesaba sobre mi
corazón.
En la granja, la vida transcurría
entre el trabajo arduo y las historias de amor. Mi padre, Esteban, un hombre
curtido por el trabajo y la experiencia de 37 años, desde que tenía 10, araba
la tierra con una fuerza imponente. Yo, a mis 18 años, lo imitaba, tratando de
aprender de cada movimiento. A pesar del cansancio, mi padre siempre encontraba
tiempo para dirigirse a la cocina donde Alina nos aguardaba con la cena. En
esos momentos, entre aromas de comida recién preparada, mi padre compartía
historias de amor: romances apasionados con mi madre y otras mujeres del
pueblo. Aunque cargadas de un romanticismo exagerado, llenas de detalles que
una joven virgen como ella no debería escuchar. Alina siempre se mostraba
intrigada. Sus ojos, de un café oscuro como la noche, brillaban con intensidad
y sus pupilas se transformaban en un verde profundo mientras lo escuchaba
atentamente. Era como si estuviera cautivada por cada palabra, absorbiendo cada
matiz con una devoción inquebrantable.
Al principio, no me molestaba la
atención que Alina le prestaba a mi padre. Incluso, me divertía observar cómo
se sonrojaba cuando él le dedicaba una mirada o un comentario especial. Sin
embargo, con el tiempo, una sensación de incomodidad comenzó a crecer en mi
interior. La fascinación de Alina por las historias de mi padre se
intensificaba, y sus miradas se cruzaban con una frecuencia que me inquietaba.
Un día, mientras preparaba la cena, ella me miró con una intensidad que me dejó
sin aliento, mientras mi padre se mantenía ocupado buscando una botella de
vino. Alina susurró con una voz tierna, firme y sensual : "tienes la
fuerza de tu padre, pero te falta su experiencia." Sus palabras me
impactaron como un golpe. Celos y rabia me invadieron, y una ola de calor
recorrió mi cuerpo. En ese momento, comprendí con una claridad aterradora que
Alina no solo estaba cautivada por las historias de mi padre, sino también por
él mismo.
Esa misma noche mi padre bebió de
más e hizo que Alina bebiera junto con el a altas horas de la madrugada.
Recuerdo bien esa noche pues como eso de las las 3:33 AM en el granero se
escuchaba como si una de las yeguas estuviera pariendo, el ruido me asustó
mucho que inmediatamente tomé la escopeta que mi padre me había regalado junto
a una linterna y llame a Tobias el perro viejo que teníamos como cuidador de la
granja. Nuestro perro olfateo hacia el granero, para averiguar que estaba
pasando, pero al llegar ahí ladro y se echó a correr como un cobarde, “Perro
estúpido” grité. Sin embargo, lo que vi en ese momento me heló la sangre por
completo, mi padre desnudo tirado entre la paja del granero tenía encima a
Alina entre la fría obscuridad. En ese momento sentí rabia y escalofríos dos
sentimientos que jamás he sentido en mi vida juntos. Aún así entre las sombras
decidí alumbrar con la linterna haciéndome el tonto. Al momento de
alumbrar con a luz de la linterna a Alina, por un momento pude observar en que
sus ojos se tornaron de un rojo intenso durante breves segundos, y que ese café
que me había cautivado tantas veces cada mañana, se quebró como el viejo jarrón
que mi madre le había obsequiado a mi padre una vez. Más me hizo helar la
sangre y gritar, padre “¡Que maldita sea haces! ¡Mi madre esta bajo tierra y tu
cogiéndote a la criada!, ¡Te odio!” ese sentimiento ni siquiera se pudo
comparar con el que sentí cuando murió mi primer amor, María.
En ese momento salí corriendo
hacia la llanura y con furia disparé al cielo, escuchándose los disparos hasta
la granja. Caminé por las tierras de mi padre toda la noche y volví al
amanecer. El hambre me hizo entrar a la cocina, donde estaba Alina con la cena
lista, ella me vio y solo sonrió fríamente, como si algo se hubiera roto, yo
contesté con el mismo gesto. Poco tiempo paso de que empecé a probar bocado,
cuando mi padre Esteban entró sosteniendo una gallina muerta ¡Alina prepara
esto para cenar! ¡Hoy no tengo hambre! Simplemente lo vi con una mirada fría y
seguí comiendo. En la tarde mi padre fue a buscarme al campo, yo recolectaba
semillas para volver a sembrar. Con una voz enérgica me dijo ¡no lo volveré a
hacer, hijo! Yo solo respondí ¡Eso espero hijo de puta! Mi padre con una mirada
arrepentida solo me volteó a ver y se marchó. A partir de ese momento las
cosas me favorecieron. Día tras día, yo me volvía más fuerte y mi padre me
encomendaba menos tareas en la granja, el simplemente llegaba todos los días
cenaba e iba a dormirse. Eso al principio fue demasiado extraño pero
gratificante a la vez. El le tenía respeto a mi madre, que murió cuando yo
tenía 15 años.
Con el paso del tiempo, mi
relación con Alina se convirtió en algo más que una simple amistad. Cada noche,
bajo el resplandor plateado de la luna, encontraba en ella una compañera en la
que podía confiar plenamente. A medida que nuestras conversaciones se volvían
más profundas, descubríamos nuevos aspectos el uno del otro. Alina, con su aura
misteriosa y su conocimiento del mundo nocturno, me fascinaba y atraía de una
manera que no podía explicar. Sus ojos centelleantes ocultaban historias
milenarias, y su presencia llenaba mi vida de una emoción que nunca antes había
experimentado. Aquella noche fría, envueltos en el cálido abrazo del vino y la
complicidad, Alina y yo compartimos un momento que cambiaría nuestras vidas
para siempre. Después de la cena, mientras las estrellas titilaban en el
firmamento y el viento susurraba secretos entre los árboles, nos refugiamos en
la calidez del hogar. Con cada sorbo de vino, nuestras risas se volvían más
libres y nuestras conversaciones más íntimas. Alina, con su mirada profunda y
su sonrisa encantadora, irradiaba una energía que me atrapaba, como si
estuviera bajo el hechizo de la luna misma.
Fue entonces, en medio de ese
halo de complicidad, cuando Alina se acercó lentamente a mí, su aliento cálido
con sabor a vino y mate rozando mi mejilla. El roce de sus labios contra los
míos fue como un susurro del destino, un instante suspendido en el tiempo en el
que el mundo entero desapareció a nuestro alrededor. Sentí un escalofrío
recorrer mi cuerpo mientras sus palabras resonaban en mi mente como un eco
lejano. "Creo que ya eres más fuerte que tu padre, pero no estás
listo", susurró en mi oído, sus palabras cargadas de un significado que
aún no lograba comprender completamente. Aquella noche, mientras el vino
embriagaba nuestros sentidos y el fuego crepitaba en la chimenea, su beso se
convirtió en un recuerdo imborrable grabado en lo más profundo de mi ser. Y
aunque no entendía del todo el significado de sus palabras, sabía que algo
había cambiado entre nosotros, algo que marcaría el inicio de un nuevo capítulo
en nuestra historia juntos.
Los días transcurrían en la
granja, cada uno más extraño y cautivador que el anterior, mientras nuestra
historia de amor tomaba un giro inesperado. Alina, mi amada compañera de
aventuras, comenzó a experimentar cambios que desafiaban toda lógica y comprensión.
Con el paso del tiempo, su vitalidad se volvió más evidente, como si estuviera
absorbiendo la esencia misma de la vida que nos rodeaba en la granja. Sus
pechos crecían con una exuberancia que desafiaba la gravedad, llenos de una
belleza que parecía emanar de lo más profundo de su ser. Sus piernas se volvían
más firmes y esculpidas, cada paso que daba irradiaba una gracia y una fuerza
que parecían sacadas de un sueño. Su piel, antes suave y pálida, ahora adquiría
un tono dorado y resplandeciente, como si estuviera bañada por la luz misma del
sol. Cada caricia, cada roce, parecía deslizarse sobre una superficie satinada
y perfecta, despertando sensaciones que nunca antes había experimentado. Y su
cabello, ese mar de seda que caía en cascadas onduladas por su espalda,
adquirió un brillo intenso y deslumbrante que eclipsaba incluso las estrellas
en el cielo nocturno. Cada hebra parecía impregnada de magia, resplandeciendo
con una luminosidad que iluminaba mi corazón en la oscuridad. A medida que la
observaba transformarse ante mis ojos, me sentía cautivado por su belleza
sobrenatural, por esa esencia radiante que parecía fluir a través de cada fibra
de su ser. Y aunque su metamorfosis desafiaba toda explicación lógica, no podía
negar la intensidad de mi amor por ella, una pasión que arde con la fuerza de
mil soles y que me consume en una llama eterna de deseo y devoción.
Llegado el Verano recuerdo que un
día comenzaron a pasar cosas extrañas, lo recuerdo como si fuera ayer. Un 7 de
octubre bañado por el cálido sol del verano pampeano que acariciaba mi piel.
Alina, mi amada, decidió hacer una pequeña excursión al pueblo cercano a pie,
en busca de un poco de mate para compartir juntos bajo la sombra de los
árboles. Sin embargo, lo que parecía ser una salida rutinaria se convirtió en
el preludio de un misterio escalofriante. La tarde se desvaneció lentamente en
el horizonte, y cuando el sol se ocultaba tras las colinas, Alina aún no había
regresado a casa. La preocupación comenzó a apoderarse de mí, y conforme
pasaban las horas, el corazón latía con fuerza en mi pecho, lleno de ansiedad
por su seguridad. Fue en la oscuridad de la noche, bajo un cielo estrellado que
parecía contener mil secretos, cuando finalmente vi su figura regresar a lo
lejos. Pero algo estaba fuera de lugar, algo en su aura resplandeciente parecía
diferente, como si estuviera envuelta en una luz sobrenatural que eclipsaba
incluso la luminosidad de la luna.
Al día siguiente, cuando don
Maxi, un anciano amigo de mi padre, llegó a la granja en su vieja camioneta,
gritando a mi padre “Esteban vení vení tenes que ver esto pelotudo, uno de mis
puercos ha muerto”. El aire estaba cargado de tensión y expectación. Su rostro
marcado por los años reflejaba una mezcla de sorpresa y temor mientras nos
guiaba hacia su camioneta en la parte trasera de carga donde yacía uno de sus
preciados puercos, ahora sin vida. La escena que se presentó ante nosotros fue
impactante: el animal había muerto en circunstancias inexplicables, con dos
llagas profundas marcando su cuello como las huellas de un depredador
invisible. Un escalofrío recorrió mi espalda al comprender la gravedad de la
situación, mientras el misterio de la muerte del cerdo se entrelazaba con la
extraña ausencia de Alina durante la noche anterior.
Ese día, Alina brillaba más de lo
habitual, su piel radiaba un resplandor sobrenatural y su presencia parecía
envuelta en un aura de misterio. Pero lo más perturbador fue su falta de
apetito, un comportamiento que nunca antes había presenciado en ella, como si
la esencia misma de la vida que la rodeaba ya no despertara ningún interés en
su ser. El silencio pesado se extendió sobre la granja mientras contemplábamos
la escena ante nosotros, preguntándonos en silencio qué secretos ocultos se
escondían tras los acontecimientos de esa fatídica noche y qué oscuros
presagios nos deparaba el destino.
Alina, con su resplandor
sobrenatural y su aura enigmática, parecía ajena a la tensión que nos rodeaba.
Su falta de apetito, tan inusual en ella, era como un eco siniestro de la
tragedia que había ocurrido la noche anterior, una señal ominosa de que algo
había cambiado en su ser. Y así, bajo el velo de la noche, nos sumergimos en el
consuelo momentáneo del mate y el fernet barato que Alina había traído consigo.
Con cada sorbo, la realidad se desvanecía y nos sumergíamos en un mundo de
sensaciones intoxicantes y emociones intensas. Fue entonces, en medio de la
embriaguez y la oscuridad, cuando Alina se acercó a mí con una pasión que nunca
antes había visto en ella. Sus labios encontraron los míos en un beso ardiente
y desesperado, su saliva como elixir de la vida que se deslizaba entre nuestros
labios, embriagándome con su sabor dulce y viscoso.
Sus ojos cerrados, como si
estuvieran buscando refugio en la oscuridad de la noche, revelaban una
intensidad de emoción que me dejó sin aliento. En ese momento, sus labios
rozando los míos, sus manos explorando cada rincón de mi ser, me sentí
transportado a un mundo donde solo existíamos nosotros dos, unidos por un
vínculo que trascendía la razón y el entendimiento. Y mientras el universo
parecía detenerse a nuestro alrededor, me di cuenta de que en ese beso ardiente
y apasionado, había descubierto una verdad profunda y eterna: que el amor entre
Alina y yo era más poderoso que cualquier fuerza en este mundo, un lazo
indisoluble que nos uniría por toda la eternidad, incluso en medio de la
oscuridad más profunda y los secretos más oscuros. Entre mi entrepierna sentí
mi mástil llenarse de sangre como mi corazón, ya había estado con María, no era
mi primera vez. Con fuerza levanté a Alina, de la silla donde posaba su cola, y
me la llevé a mi habitación. Hay noches que no llegan, se deslizan. Se
acomodan en el cuerpo hasta que uno deja de distinguir dónde termina el
pensamiento y dónde empieza el impulso, esa noche no tenía nada especial. Y tal
vez por eso lo fue todo.
Afuera, la granja estaba en su
silencio habitual, ese silencio que no es vacío, sino costumbre. El viento
pasaba suave entre las láminas del techo, los animales ya estaban quietos, y la
casa… la casa parecía respirar lento. Pero dentro de la habitación, algo no
encajaba. Alina estaba de pie frente a mí. No hablaba. Se desnudó ese short
corto que siempre usaba, cayó al suelo, dejando ver su vello casi imperceptible.
El camisón que usaba dejaba ver sus tetas, grandes y llenas de sudor. Nunca
hablaba más de lo necesario. Pero esa noche había algo en su forma de estar ahí
que hacía que las palabras sobraran. Su piel no reflejaba la luz, la retenía como
si la absorbiera. Como si en lugar de ser tocada por el mundo… fuera ella quien
lo tocara todo.
Me acerqué. O tal vez fue ella,
no lo sé. Aún hoy no puedo decirlo con certeza. Sus manos tocaron mi pecho. No
fue una caricia, lenta, precisa. Como si ya supiera dónde estaba cada cosa en
mí, como si no necesitara descubrir nada solo confirmar y devorar. Sentí el
calor. Pero no era un calor normal. Era más denso. Más húmedo, olía a metal, a
carne fresca. Me empezó a besar, y me bajó los pantalones, sus ojos brillaron
cuando, mi mástil se asomó, y una sonrisa es de inmediato comenzó a besarme. En
un momento me aventó a la cama ya desnudo y se montó en mí. Suavemente se comenzó
a mover, pero algo sentí que me agarró.
—¿Por qué cierras los ojos? —le
pregunté.
Solamente me dijo, es necesario
cerrarlos, eres mío tontito.
Mi pregunta fue estúpida o tal
vez porque me incomodaba no verla. Tal vez porque algo en mí ya sospechaba. Yo excitado
y lleno de poder masculino, la comencé a tocar. Todo se volvió más cercano de
lo que debía. Su cuerpo no reaccionaba… dirigía. Cada movimiento suyo tenía
intención. No había duda. No había torpeza. No había descubrimiento.
Había memoria. Como si ella ya
hubiera estado ahí antes. Como si yo solo estuviera alcanzando algo que ella ya
conocía. El placer llegó rápido, demasiado. Pero no fue eso lo que me marcó, fue
lo otro, esa sensación, leve al principio. Casi imperceptible, como si algo
dentro de mí comenzara a soltarse. A deslizarse, a irse, no dolía, no era
brusco, era lento.
Y por eso era imposible
resistirse. Abrí los ojos. Y entonces… los vi. No completamente. Pero lo
suficiente. Ese rojo, no era un color, era una presencia. Algo vivo, algo que
no debía estar ahí. Algo que me miraba desde dentro de ella. Sentí un vacío en
el pecho y después un vacío en mis pelotas, como si doliera, como si me
succionara aún después de haber terminado.
Escuche un sonido salir de su
boca y su sonrisa, cambió a unos dientes afilados, como de colmillos:
—Rrun…
Ese sonido no pertenecía a ningún
lugar que yo conociera. No era voz, no era animal. Era algo más antiguo. Y aun
así no me quité, Porque el placer… lo cubría todo. Y eso fue lo que me condenó.
Después de esa noche, la realidad dejó de sentirse como algo continuo.
Al día siguiente, todo siguió
como si nada hubiera pasado, y tal vez eso fue lo que más me perturbó. Mi padre
llegó tambaleándose, con ese olor agrio a alcohol que ya se había vuelto parte
de la casa, como si impregnara las paredes mismas. Pero había algo distinto en
él, algo más decidido, más posesivo, como si hubiera tomado una resolución en
silencio: hacer a Alina completamente suya. Por un momento pensé —y esa idea me
persiguió después— que, si le hubiera hablado antes, si le hubiera dicho que
entre ella y yo ya existía algo, que no era solo deseo sino una especie de
vínculo que me había ido atrapando poco a poco, tal vez todo habría sido
distinto. Tal vez no habríamos llegado a ese punto. Pero no lo hice. Me quedé
callado… y ese silencio terminó por pudrirlo todo.
Mi padre se sentó a la mesa,
comió sin decir una sola palabra, como si nada importara más allá de ese
momento. Luego, sin mirarme siquiera, extendió la mano y tomó a Alina con una
naturalidad que me quemó por dentro, olvidando la promesa de que jamás pasaría
de nuevo. La llevó escaleras arriba como si fuera algo que le perteneciera
desde siempre. Fue en ese instante cuando sentí algo romperse en mí. No fue
tristeza. No fue celos simples. Fue odio. Un odio denso, pesado, dirigido no
solo hacia él… sino también hacia mí mismo por haberlo permitido.
Ya no necesitaba escuchar para
saber lo que ocurría arriba. Lo sabía. Lo sentía. Y aun así, los sonidos
atravesaban las paredes como si buscaran alcanzarme. La rabia me invadió de tal
forma que no pude quedarme. Tomé mi morral sin pensar y salí a caminar entre la
oscuridad de la granja, tratando de ahogar en el aire frío lo que me estaba
consumiendo por dentro. Caminé sin rumbo, con la mente llena de imágenes que no
podía borrar, con la sensación de que algo me estaba siendo arrebatado… aunque
en el fondo sabía que nunca había sido realmente mío.
Esa noche fue más larga de lo
normal. Mi padre tardó más en bajar, y los sonidos… los gritos de Alina, se
extendieron hasta bien entrada la madrugada. No eran gritos simples. Había algo
en ellos que me inquietaba, algo que no podía nombrar, como si no fueran solo
de placer, como si escondieran otra cosa, algo más profundo… más oscuro. Yo,
allá afuera, bajo la noche abierta, apretaba los dientes, caminaba, respiraba
fuerte… deseando con una intensidad casi dolorosa a la que ya no podía llamar
completamente mía.
Lo que no sabía Esteban era que
Alina ya no iba a ser solo suya en esas noches; a las tres de la madrugada
sentí el cambio, no como un ruido ni como un movimiento, sino como un
escalofrío que me recorrió el cuerpo, una presencia tibia, casi húmeda, que se
deslizaba en la oscuridad de mi habitación, como si la noche misma respirara a
través de ella. Abrí los ojos sin moverme y ahí estaba, de pie, observándome en
silencio, como siempre, pero con algo distinto, algo más denso en su forma de
estar.
Recuerdo esa segunda noche con
una claridad que todavía me pesa: no era la misma dulzura callada que conocí al
principio, había urgencia en ella, pero también control, un control
inquietante, como si supiera exactamente lo que venía a buscar, como si cada
gesto ya estuviera decidido. Se acercó despacio, sin apartar la mirada, y
cuando estuvo lo suficientemente cerca, sentí cómo el aire cambiaba, cómo su
respiración se volvía más profunda, más pesada, quedándose suspendida entre
nosotros. No me tocó de inmediato; primero me rodeó, como si estuviera
reconociendo algo en mí, como si midiera lo que quedaba, y entonces sus manos
llegaron, firmes, seguras, sin titubeo, encendiendo cada nervio de mi cuerpo
sin que yo pudiera impedirlo, despertando un calor que no era común, que crecía
desde dentro, envolvente, imposible de ignorar. Pero lo que más me marcó es que
esa noche se bajó y me dijo cierra los ojos Tomás, mi mástil juvenil, estaba
aceitado y ella lo succionó. No demoro más de 5 minutos, fue lo que vino
después. Cada vez que me aferraba a su boca, algo en mí se iba, por un momento
llegué a ver sangre saliendo de mi mástil, no solo leche. Sentí miedo, pero más
me importaba mi placer.
Eso ocurrió 2 veces más a la 4
vez abrí los ojos un instante. Y la vi sus ojos ya no eran los mismos. Ese
rojo… vivo… húmedo… latente… me miraba desde la oscuridad. No era furia. Era
hambre. No me importó esa noche, me sentí un hombre como mi padre.
Ella no solo estaba conmigo. Se
estaba alimentando de mí y yo lo estaba permitiendo. Eso se volvió rutina. Mi
padre subía con ella y en la madrugada ella regresaba a terminar lo que había
empezado conmigo. Noche tras noche. Mes tras mes. La ventaja contra el estúpido
de mi padre era que yo tenía más juventud, más carga, pero la inexperiencia no
ayudaba, pues no gritaba conmigo solo gemía y eso me hacía sentir, me hacía
sufrir y pensar que jamás llegaría al nivel de mi padre. Y aun así no me
alejaba, no quería alejarme. Porque aunque algo en mí se debilitaba, aunque
cada encuentro me dejaba más vacío, también había algo que me mantenía atado a
ella. Algo más fuerte que la razón. Más fuerte que el miedo, el amor que yo
sentía por ella. Pero jugaba conmigo. Jugaba con algo que yo no sabía defender:
mi corazón. Durante el día, la veía
moverse por la casa como si nada hubiera pasado. Como si las madrugadas no
existieran. Como si yo fuera solo otra sombra en ese lugar.
Me servía la comida sin mirarme. Fría,
distante como su plato de guisantes que siempre preparaba. Sus manos no
temblaban, su rostro no cambiaba. Era como si el contacto de la noche se
borrara con la luz del día.
Pero cuando él entraba todo era
distinto. Su voz cambiaba, su postura cambiaba. Su mirada —Amor —le decía. —“Mi
vida, queres tu copa de vino” Y lo decía
con una suavidad que a mí nunca me mostró.
Ahí entendía algo que me rompía
lentamente, yo no la tenía. Yo solo la consumía mientras ella me consumía a mí.
Mi padre se sentaba frente a ella, orgulloso, seguro, como si lo que tenía
fuera suyo por derecho. Y yo estaba ahí, viendo cómo esa misma mujer que horas
antes se aferraba a mí en la oscuridad, ahora le pertenecía completamente a él.
Había momentos en los que
nuestras miradas se cruzaban breves, silenciosos. Y en esos segundos había
algo. No era culpa, no era amor, era otra cosa. Algo más frío, como si me
estuviera midiendo. Como si supiera exactamente cuánto de mí quedaba y cuánto
más podía tomar. A veces, mientras comía, sentía el cansancio recorrerme el
cuerpo sin razón. Como si no hubiera dormido en días. Como si cada noche me
arrancara algo que no podía recuperar. Pero lo más peligroso no era el
desgaste. Era que no quería detenerlo, porque en el fondo, muy en el fondo prefería
seguir perdiéndome en ella a aceptar que nunca había sido mía.
Mi padre empezó a cambiar, y al
principio fue algo tan sutil que cualquiera lo habría ignorado, pero yo no; yo
veía cada detalle, cada gesto, cada intento desesperado por aferrarse a algo
que claramente no entendía. Todos los días llegaba con flores, pero no eran
flores del campo, no eran nuestras, eran compradas, acomodadas con una
intención que me resultaba ajena, como si creyera que con eso podía domesticar
lo indomable. Las dejaba sobre la mesa esperando algo, cualquier cosa, y ella
las tomaba, las olía… y le sonreía, una sonrisa suave, tibia, que a mí nunca me
ofrecía bajo la luz del día. Después vinieron los vestidos; dejó atrás ese
viejo short gastado que parecía parte de su piel y empezó a usar telas ligeras,
delicadas, que se movían con ella como si el aire mismo la siguiera, como si
todo conspirara para hacerla más visible, más deseada.
Mi padre lo sabía, por eso
insistía, por eso la llenaba de cosas: perlas, adornos, detalles que pretendían
comprar algo que no se compra. Nunca plata. Nunca. Y eso me inquietaba más de
lo que quería admitir, porque la única vez que intentó darle algo de ese
material, ella lo rechazó sin palabras, con una expresión que no era enojo sino
algo más profundo, casi visceral, como si la repeliera. Lo mismo ocurría con
las imágenes religiosas; bastaba que aparecieran para que ella se apartara,
silenciosa, intacta, como si no necesitara explicar lo que era evidente. Y aun
así, mi padre seguía, terco, convencido de que podía poseerla, de que bastaba
insistir lo suficiente para hacerla suya.
Hasta que un día, todo se rompió.
Mi padre llegó distinto. Más violento, más consciente. No era el mismo hombre
que regresaba borracho y en silencio; había algo más en él, más violento, sí,
pero también más consciente. —Maldita sea… —dijo, golpeando la mesa con una
fuerza que hizo vibrar los platos—. Has preñado a la criada. Sentí un frío seco
recorrerme la espalda. —¿Qué…? —respondí—. Pero si tú… Me detuve, lo miré, y
por primera vez lo hice sin miedo. —Tú también te la estas follando. El
silencio que siguió fue peor que cualquier golpe. No respondió de inmediato,
solo me sostuvo la mirada, y en Alina había algo nuevo, algo que no era rabia,
sino una especie de reconocimiento incómodo, como si los dos estuviéramos
viendo lo mismo por primera vez. —Calla, imbécil —escupió al fin—. —Alina mi amor tengo que hablar con el
pelotudo de mi hijo, sube a la habitación y enciérrate, mi amor. — Ella asintió
con la cabeza sin cuestionar a mi padre —. — Tenemos que hacer algo — Y en ese
momento lo entendí: no era solo deseo, no era solo placer. Alina nunca estuvo
entre nosotros, siempre estuvo por encima, como si ambos hubiéramos sido
arrastrados hacia ella sin darnos cuenta, como si ya no fuéramos dueños de lo
que sentíamos. Mi padre se pasó la mano por la cara, respirando pesado, y luego
habló más despacio, más frío. —Entonces vamos a tomar una decisión. Levanté la
vista. —Te vas a largar de la casa. Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba.
—¿Qué? —dije—. Eres un egoísta, padre. ¿Por qué quieres que me vaya así? Soltó
una risa breve, seca. —No te estoy echando… te estoy quitando
responsabilidades, estúpido. Se inclinó hacia adelante. —No sabemos de quién
es. Sus palabras quedaron suspendidas, pesadas, incómodas. —Así que te vas a
tener que largar. Se levantó y empezó a caminar por la habitación como si
necesitara moverse para no perder el control. —Te voy a dar la mitad de mis
tierras —continuó—. Ya eres suficiente hombre… y lo has demostrado. No hizo
falta que aclarara a qué se refería, pero aun así lo hizo. —cogiéndote a Alina…
como para mantener unas tierras tú solo. Apreté los dientes, sintiendo la
sangre subir. —Así que te las daré. Construyes tu casa, te haces cargo de lo
tuyo y te las arreglas como puedas. El enojo me explotó en el pecho. —Eres un
imbécil —le dije—. ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Correrme como a un perro? Lo
señalé sin dudar. —Me voy a llevar a Alina conmigo. Su expresión cambió de
inmediato, endureciéndose. —¿Qué? Eso ni pensarlo, hijo. Se acercó más,
invadiendo mi espacio. —Sabes que yo amo a esa mujer —dijo en voz baja—. Me
encanta… ¿entendés? Me encanta. Había algo enfermo en su forma de decirlo, algo
posesivo que me revolvió el estómago. —Pero esa mina es mía. Sentí un rechazo
que me quemó por dentro. —Estás mal de la cabeza… —Y vos no sos mejor —respondió—.
Vos también estás metido hasta el cuello. El silencio cayó otra vez, pesado,
irreversible. Se llevó la mano a la frente, suspiró, y por un momento pareció
más viejo de lo que era, como si todo le pesara de golpe. —Tenemos que arreglar
esto de alguna forma… —murmuró. Se sentó, bajó la mirada y luego la levantó
lentamente, dejando escapar una sonrisa torcida. —Yo ya soy un viejo… estoy
cansado. Hizo una pausa, como si midiera lo que iba a decir. —Así que vamos a
hacer un concurso. El aire se volvió más denso. —Justo —añadió—. Como debe ser.
Sentí un escalofrío, porque en el fondo ya sabía que Alina no era el premio…
era el origen del problema.
Mi padre empezó a explicarlo con
una calma inquietante, casi como si disfrutara cada palabra: que sería como en
las ferias de cuando yo era niño, cuando corríamos detrás de los cerdos en el
barro y el que lograba sujetarlo se llevaba la victoria; solo que esta vez no
habría animal alguno, esta vez sería ella. Primero, dijo, beberíamos, pero no
una copa… una botella entera de vino cada uno, hasta que el cuerpo dejara de
pensar y solo reaccionara. Luego, la desnudaríamos por completo —“no te hagas,
estúpido, ya la conoces así”— y la cubriríamos con manteca de cerdo, suficiente
para que su piel se volviera resbalosa, inalcanzable, casi imposible de
sujetar. Después, la soltaríamos. Y correríamos tras ella. Se valdría golpear,
pero solo lo necesario para aturdir, nada más; el que lograra sostenerla el
tiempo suficiente, contando en voz alta hasta al menos cuarenta y cinco, sería
el ganador. El premio… Alina. Lo dijo así, sin rodeos, sin pudor, como si fuera
algo que pudiera ganarse, como si fuera algo que nos perteneciera. Yo no
respondí, pero algo en mí ya se había quebrado.
Una semana después, el concurso
se volvió realidad. El granero estaba preparado, el atardecer caía espeso sobre
las tierras y el silencio parecía envolverlo todo. Las botellas de vino estaban
sobre una mesa vieja, y en el centro, Alina, desnuda, sentada en una silla,
mirándonos con esa calma que ya no era normal, con esa quietud que no era
sumisión sino algo más profundo, algo que ninguno de los dos entendía. Su
cuerpo parecía distinto, más definido, más vivo; sus piernas torneadas, su
cintura marcada, y en su vientre esa leve forma que no terminaba de ser
embarazo, pero tampoco otra cosa conocida. Su pecho subía y bajaba lentamente,
su cabello caía sobre sus hombros, y todo en ella resultaba… demasiado
perfecto. Yo tenía un plan, uno simple y desesperado: aturdir a mi padre,
dejarlo fuera, ganar.
Pero en el fondo sabía que no
sería fácil; él, aun viejo, tenía fuerza, y estaba dispuesto a pelear por ella
como si le fuera la vida. Caminamos hacia el granero sin hablar, él cargando la
silla, Alina a su lado como si aceptara las reglas sin cuestionarlas, y yo
detrás, con la sangre hirviendo y la mente cada vez más nublada. —Comencemos
—dijo al fin, extendiéndome la botella—. No seas cobarde. Bebí. El vino bajó
ardiente, pesado, pero no apagó nada. Él bebía con facilidad, con entusiasmo
incluso. Luego tomó el balde de manteca y, sin dudarlo, comenzó a cubrir el
cuerpo de Alina con una lentitud que no era solo práctica, sino casi ritual.
Sus manos recorrían cada parte de ella sin pudor, como si no estuviera tocando
a una mujer sino reclamando algo que creía suyo. Yo me acerqué y lo imité,
atrapado en una especie de trance, sintiendo cómo mis manos resbalaban sobre su
piel, cómo ese contacto dejaba de ser solo físico para volverse algo más denso,
más difícil de explicar. Por un instante, ambos estábamos arrodillados frente a
ella, como si no estuviéramos participando en un juego, sino en algo más
antiguo, más oscuro. —¡Basta! —gritó mi padre, rompiendo el momento—. Ya es
suficiente.
Comencemos. —¡Alina, corre! Y
ella corrió, pero no como alguien que huye, sino como alguien que ya conoce el
final. Mi padre salió tras ella de inmediato, y yo, apenas un segundo después,
también. Corrí con todo, sintiendo el cuerpo pesado por el vino pero empujado
por algo más fuerte, algo que ya no era voluntad. Cuando los alcancé, él ya la
tenía sujetada. —¡Vas a perder, estúpido! —gritaba—. ¡Es mi mujer! Y comenzó a
contar en voz alta. No lo pensé. Me lancé contra él y lo golpeé con toda la
fuerza que tenía. —¡Ah, carajo! —gruñó—. ¿Por qué no puedes aceptar que es mía?
¡Te estoy salvando, imbécil! Pero no me detuve. Golpe tras golpe, como si cada
uno sacara algo que llevaba dentro desde hacía tiempo. Vi sangre en su boca, lo
vi tambalearse… y aun así me devolvió un golpe seco que me tiró al suelo. El
aire se me fue del cuerpo, la cabeza me zumbó, y en ese instante Alina se soltó
y volvió a correr por el granero, ligera, inalcanzable, casi irreal. Todo se
volvió confuso, caótico: yo en el suelo, mi padre jadeando, ella moviéndose
como algo que no pertenecía a ese lugar. Y entonces lo entendí con una claridad
brutal: no estábamos peleando por ella… estábamos siendo arrastrados por ella.
Consumidos. Noche tras noche, deseo tras deseo, vacío tras vacío, hasta
dejarnos así, golpeándonos, sangrando, perdiéndonos… solo por una mujer. Una
mujer que, de alguna forma, ya nos había quitado mucho antes de que creyéramos
tenerla.
Volví con fuerza a noquear a mi
padre esta vez, lo dejé tirado. Cuando por fin la sujeté, sentí que todo lo que
había pasado hasta ese momento se concentraba en mis manos. Su cuerpo se movía,
resbaladizo, casi imposible de contener, pero yo la apreté con todo lo que me
quedaba, con una mezcla de desesperación y deseo que ya no distinguía una cosa
de la otra. Empecé a contar, fuerte, como si mi voz pudiera sostener la
realidad: uno, dos, tres, cuatro… mi padre jadeaba detrás de mí, agotado,
pesado, y por un instante creí que iba a ganar, que por fin algo sería mío. Treinta
y ocho, treinta y nueve… cuarenta… y en ese segundo en que todo parecía
inclinarse a mi favor, sentí el golpe. Seco. Brutal. Me arrancó el aire y me
lanzó contra el suelo. “Estúpido, quítate”, escuché su voz, lejana y al mismo
tiempo demasiado cerca. La cabeza me zumbó al chocar contra la tierra, una luz
blanca cruzó mi visión, pero no perdí el sentido, no del todo; seguía ahí,
atrapado en ese momento que se desmoronaba frente a mí. Y entonces su voz
volvió, firme, casi victoriosa: uno, dos, tres… comenzó a contar él, como si
nada hubiera pasado, como si yo ya no existiera. Intenté moverme, levantarme,
pero el cuerpo no respondía. Cuarenta y cuatro… cuarenta y cinco. Silencio.
Luego su risa. “Es mía… gané, te gané.” Sentí cómo las lágrimas se acumulaban
sin que pudiera detenerlas. “No… no es posible… Alina… mi amor…” pero ya no
había nada que hacer. Mi padre, todavía ebrio, con esa seguridad violenta que
le nacía del triunfo, me miró con desprecio y escupió las palabras que
terminaron de romperlo todo: “Ahora quiero que agarres tus cosas y te largues
de mi granja.” Me quedé ahí unos segundos, respirando con dificultad, con el
dolor en la cabeza latiendo al mismo ritmo que el vacío en el pecho. “Está
bien… has ganado”, alcancé a decir, tragando orgullo, rabia, todo… “pero tenlo
claro… la voy a recuperar.” Él ni siquiera dudó. “Lárgate.” Eso fue lo único
que escuché.
Al día siguiente, la casa ya no
era la misma. O tal vez era yo el que había cambiado. Recogí mis cosas en
silencio, cada objeto parecía más pesado de lo que recordaba, como si estuviera
cargando algo más que ropa o herramientas. Cuando salí, mi padre ya estaba
afuera, limpio, sobrio, con una expresión que no le conocía, una calma que
resultaba más inquietante que su borrachera. Sin decir mucho, me aventó las
llaves de la camioneta. “Tomá. La vas a necesitar… la vas a ocupar, hijo mío.”
Su voz tenía algo extraño, una mezcla entre firmeza y una ternura que nunca
había sabido mostrar. “Sabes que no soy muy cariñoso… pero te amo. Y esto es
por tu bien.” Lo miré sin poder creerlo, sintiendo cómo la rabia volvía a
subir. “¿Por mi bien? Eres un imbécil… acabas de quitarme al amor de mi vida.”
No se movió, no discutió. Solo respondió, bajo, casi cansado: “Las cosas no son
como parecen… algún día lo vas a entender.” No quise escucharlo más. Antes de
subir a la camioneta, volteé por última vez hacia la casa. Ahí estaba ella.
Alina. Asomada en la ventana. Inmóvil. Fría. Distante. Solo observando, como si
yo ya no formara parte de ese mundo, como si nunca lo hubiera hecho.
Pasaron los meses y no volví. No
pude. La granja se convirtió en algo que prefería no recordar, aunque nunca
dejara de sentirla dentro de mí. Mi padre, en cambio, sí venía. De vez en
cuando aparecía en la casa que estaba levantando, revisaba cómo iba todo, a
veces incluso ayudaba en silencio, como si nada hubiera pasado entre nosotros.
Pero siempre había un límite. Siempre había algo que no se podía tocar. Cada
vez que reunía el valor para preguntarle por ella, por Alina, su respuesta era
la misma, seca, cerrada: “Ese tema ya está resuelto. No quiero que vuelvas a
tocarlo, estúpido. Es por tu bien.” Y después… callaba. Y en ese silencio…
había algo peor que cualquier respuesta.
Pasó el tiempo… y un día mi padre
dejó de venir. Al principio no me preocupé; pensé que estaría ocupado, o
simplemente borracho en algún rincón de la granja, como tantas otras veces.
Pero las semanas pasaron, luego un mes, luego dos… y no volvió. Para entonces,
mi casa ya no era un chiquero; tenía paredes firmes, techo digno, cuartos donde
el aire no se sentía tan pesado. Había logrado algo… o al menos eso quería
creer. Fue en ese tiempo que conocí a Julieta. Trabajaba en la tienda donde
compraba semillas. Era joven, con esa ligereza que yo ya no tenía, piel clara,
ojos cafés tranquilos, cabello negro cayendo sobre los hombros… pero no era su
apariencia lo que me atrapó, era su forma de estar, sin peso, sin sombras,
demasiado inocente para alguien como yo. Porque yo ya no era el mismo. Había
algo en mí que se había quedado atrás, en esa granja, en esas noches, en esa
sensación de vacío que nunca terminó de irse. Tenía 20 años, pero al mirarme al
espejo parecía mayor, como si el tiempo me hubiera atravesado de una forma
distinta, como si algo me hubiera consumido lentamente desde dentro. Aun así,
Julieta no veía eso; o si lo veía, no le importaba. Y eso, más que aliviarme,
me incomodaba. Un día decidí volver. No por nostalgia, sino por una inquietud
que ya no podía ignorar. Tomé la camioneta vieja que mi padre me había dado y
manejé hasta la granja. Desde lejos lo supe: la casa estaba abandonada, la
hierba crecida, el aire detenido, como si el lugar hubiera sido olvidado por la
vida. El granero abierto, los perros flacos y desesperados se me acercaron de
inmediato; los espanté sin pensar. No quería sentir nada en ese momento. Entré.
—¡Padre! ——¡Esteban! —¡Viejo, vení! ——¡—grité—. ¡Soy Tomás! Nadie respondió.
Subí las escaleras, cada paso más pesado que el anterior, y al abrir la puerta
de su habitación lo vi. Mi padre estaba ahí, pero no como un hombre muerto,
sino como algo consumido y junto a él nuestro perro Tobias muerto igual, pero
este si en estado de putrefacción. Su cuerpo seco, encogido, envejecido más
allá de lo natural, como si hubiera vivido cien años en cuestión de semanas. La
piel pegada al hueso, el rostro hundido, como si algo le hubiera arrancado la
vida desde dentro. No había duda: no había sido la vejez, había sido otra cosa.
—Alina… —murmuré, pero no había rastro de ella, ni una prenda, ni una señal,
solo una ausencia total que lo decía todo. Y entonces lo entendí.
Mi padre siempre lo supo, y ahora
lo entiendo con una claridad que antes me negaba a ver; por eso me echó, no por
orgullo ni por celos, sino para salvarme. Alina no era una mujer, nunca lo fue,
y lo que hizo con nosotros no fue amor, fue consumo: nos tomó a los dos, nos
envolvió en deseo y placer, nos hizo creer que éramos nosotros quienes
elegíamos, quienes dominábamos, cuando en realidad éramos nosotros los que nos
entregábamos sin defensa, vaciándonos poco a poco sin darnos cuenta. Incluso
ese hijo que nunca conocimos… no era humano, era algo más, algo que no debía
existir. Salí de esa casa sin mirar atrás, con una certeza fría clavada en el
pecho: yo debí haber terminado igual que él. Pero no fue así, y por primera vez
comprendí por qué. Regresé con Julieta, y cuando abrí la puerta ella estaba
ahí, esperándome en silencio, como si supiera que ya no era el mismo. No dijo
nada, solo se acercó y me abrazó; su cuerpo era cálido, real, humano… distinto.
No había esa intensidad que devora, no había ese vacío que arrastra, solo había
algo que había olvidado: calma. Me quedé ahí, sosteniéndola, sintiendo su
respiración contra mi pecho, y por primera vez en mucho tiempo no sentí que
algo dentro de mí se escapara; no había pérdida, no había hambre… solo
presencia. Esa noche dormí de verdad. Y aunque sé que algo en mí nunca volverá
a ser el mismo, también entendí algo que me marcó para siempre: no todo lo que
se siente intenso es amor, no todo lo que quema es vida, y no todo lo que
parece humano lo es. Hay cosas que solo consumen hasta no dejar nada, y otras,
más simples, más humanas, que permanecen. ¿Fue amor? ¿Fue dolor? No lo sé… pero
sí sé que me arrancó algo que jamás volverá. Porque aunque hoy esté con
Julieta, hay una herida que no sana, una ausencia que no se llena; algo en mí
quedó allá, en esas noches, en esa mirada… como si Alina no solo hubiera pasado
por mi vida, sino que se hubiera llevado una parte mi alma con ella.

