26 feb 2024

La oscura fuente del Amor

En las ardientes llanuras de la Argentina rural, donde el sol se precipitaba con furia y las noches susurraban secretos tenebrosos, mi corazón ardía con una pasión avasalladora. Soy Tomás, un joven marcado por la tragedia, y mi voz tiembla al recordar la historia de Alina, una mujer que llegó a mi vida cuando yo tenía apenas 18 primaveras, un año después de la muerte de mi primer amor, María.

Ella, como un oasis en el desierto, se convirtió en la fuente de mi mayor dolor. Su belleza etérea y su mirada enigmática cautivaron mi alma desde el primer instante en que sus ojos, profundos como el café que brilla bajo el sol, se posaron en mí. Sus cabellos, entre cafés y dorados, caían en mechones desordenados sobre su piel blanca como el terciopelo, dándole un aire casi irreal, como si hubiera sido arrancada de un sueño. Delgada, de curvas marcadas y una presencia que desbordaba lo que su edad permitía comprender, vestía un short mugroso de mezclilla y un camisón ligero que apenas insinuaba su figura, como si la ropa no lograra contener lo que realmente era. Su timidez y aparente calidez contrastaban con un aura inquietante, una sensación fría que la envolvía como la noche más oscura, como si dentro de ella habitara algo que no terminaba de revelarse.

Alina llegó a la granja desnutrida y taciturna, con manchas en su piel que revelaban una vida de penurias. Parecía haber vagado durante mucho tiempo por las llanuras, apenas pronunciando una palabra. Su silencio era un enigma, una barrera que me impedía conocerla a fondo. Sus ojos, llenos de una tristeza infinita, parecían esconder secretos que jamás serían revelados. Sin embargo, a pesar de su silencio y misterio, Alina despertó en mí una pasión que jamás había sentido. Su presencia llenaba la casa de una quietud inusual, y cada mirada suya era un poema que mi corazón recitaba sin cesar. La amaba con una intensidad que me consumía, con una devoción que desafiaba toda lógica.

Un día, mientras yo araba la tierra y ella preparaba la comida, queso, carne y pan para variar, Alina me llamó desde la casa. Pero yo estaba en las extensas tierras de mi padre. Fue entonces que mi padre le pidió que fuera a buscarme. Alina ese día llevaba un vestido blanco que dejaba entrever sus hermosas y fuertes piernas, que después de un tiempo de cuidar el ganado se habían fortalecido. Llegó a mí y solo dijo tres palabras: "A comer, sangre". Mis manos, aún no completamente desarrolladas, tenían marcas del rastrillo que utilizábamos para arar, especialmente en el dedo pulgar izquierdo. Recuerdo que ella, después de esas tres palabras, tomó mi mano y lamió mi pulgar para limpiar la herida, escupiendo después para dejarla libre de gérmenes y probar mi sangre.

Aquello, como hombre joven, me excitó al mismo tiempo que me heló la sangre. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y una mezcla de emociones me invadió: fascinación, miedo, deseo, incertidumbre. El misterio que rodeaba a Alina se intensificaba, y su acto inesperado me dejó con más preguntas que respuestas. ¿Qué significaba su gesto? ¿Era una señal de afecto, una muestra de poder, o algo más siniestro? La sombra de la duda se cernía sobre nuestra relación, y un presagio de tragedia pesaba sobre mi corazón.

En la granja, la vida transcurría entre el trabajo arduo y las historias de amor. Mi padre, Esteban, un hombre curtido por el trabajo y la experiencia de 37 años, desde que tenía 10, araba la tierra con una fuerza imponente. Yo, a mis 18 años, lo imitaba, tratando de aprender de cada movimiento. A pesar del cansancio, mi padre siempre encontraba tiempo para dirigirse a la cocina donde Alina nos aguardaba con la cena. En esos momentos, entre aromas de comida recién preparada, mi padre compartía historias de amor: romances apasionados con mi madre y otras mujeres del pueblo. Aunque cargadas de un romanticismo exagerado, llenas de detalles que una joven virgen como ella no debería escuchar. Alina siempre se mostraba intrigada. Sus ojos, de un café oscuro como la noche, brillaban con intensidad y sus pupilas se transformaban en un verde profundo mientras lo escuchaba atentamente. Era como si estuviera cautivada por cada palabra, absorbiendo cada matiz con una devoción inquebrantable.

Al principio, no me molestaba la atención que Alina le prestaba a mi padre. Incluso, me divertía observar cómo se sonrojaba cuando él le dedicaba una mirada o un comentario especial. Sin embargo, con el tiempo, una sensación de incomodidad comenzó a crecer en mi interior. La fascinación de Alina por las historias de mi padre se intensificaba, y sus miradas se cruzaban con una frecuencia que me inquietaba. Un día, mientras preparaba la cena, ella me miró con una intensidad que me dejó sin aliento, mientras mi padre se mantenía ocupado buscando una botella de vino. Alina susurró con una voz tierna, firme y sensual : "tienes la fuerza de tu padre, pero te falta su experiencia." Sus palabras me impactaron como un golpe. Celos y rabia me invadieron, y una ola de calor recorrió mi cuerpo. En ese momento, comprendí con una claridad aterradora que Alina no solo estaba cautivada por las historias de mi padre, sino también por él mismo.

Esa misma noche mi padre bebió de más e hizo que Alina bebiera junto con el a altas horas de la madrugada. Recuerdo bien esa noche pues como eso de las las 3:33 AM en el granero se escuchaba como si una de las yeguas estuviera pariendo, el ruido me asustó mucho que inmediatamente tomé la escopeta que mi padre me había regalado junto a una linterna y llame a Tobias el perro viejo que teníamos como cuidador de la granja. Nuestro perro olfateo hacia el granero, para averiguar que estaba pasando, pero al llegar ahí ladro y se echó a correr como un cobarde, “Perro estúpido” grité. Sin embargo, lo que vi en ese momento me heló la sangre por completo, mi padre desnudo tirado entre la paja del granero tenía encima a Alina entre la fría obscuridad. En ese momento sentí rabia y escalofríos dos sentimientos que jamás he sentido en mi vida juntos. Aún así entre las sombras decidí alumbrar con la linterna haciéndome el tonto.  Al momento de alumbrar con a luz de la linterna a Alina, por un momento pude observar en que sus ojos se tornaron de un rojo intenso durante breves segundos, y que ese café que me había cautivado tantas veces cada mañana, se quebró como el viejo jarrón que mi madre le había obsequiado a mi padre una vez. Más me hizo helar la sangre y gritar, padre “¡Que maldita sea haces! ¡Mi madre esta bajo tierra y tu cogiéndote a la criada!, ¡Te odio!” ese sentimiento ni siquiera se pudo comparar con el que sentí cuando murió mi primer amor, María. 

En ese momento salí corriendo hacia la llanura y con furia disparé al cielo, escuchándose los disparos hasta la granja. Caminé por las tierras de mi padre toda la noche y volví al amanecer. El hambre me hizo entrar a la cocina, donde estaba Alina con la cena lista, ella me vio y solo sonrió fríamente, como si algo se hubiera roto, yo contesté con el mismo gesto. Poco tiempo paso de que empecé a probar bocado, cuando mi padre Esteban entró sosteniendo una gallina muerta ¡Alina prepara esto para cenar! ¡Hoy no tengo hambre! Simplemente lo vi con una mirada fría y seguí comiendo. En la tarde mi padre fue a buscarme al campo, yo recolectaba semillas para volver a sembrar. Con una voz enérgica me dijo ¡no lo volveré a hacer, hijo! Yo solo respondí ¡Eso espero hijo de puta! Mi padre con una mirada arrepentida solo me volteó a ver y se marchó.  A partir de ese momento las cosas me favorecieron. Día tras día, yo me volvía más fuerte y mi padre me encomendaba menos tareas en la granja, el simplemente llegaba todos los días cenaba e iba a dormirse. Eso al principio fue demasiado extraño pero gratificante a la vez. El le tenía respeto a mi madre, que murió cuando yo tenía 15 años. 

Con el paso del tiempo, mi relación con Alina se convirtió en algo más que una simple amistad. Cada noche, bajo el resplandor plateado de la luna, encontraba en ella una compañera en la que podía confiar plenamente. A medida que nuestras conversaciones se volvían más profundas, descubríamos nuevos aspectos el uno del otro. Alina, con su aura misteriosa y su conocimiento del mundo nocturno, me fascinaba y atraía de una manera que no podía explicar. Sus ojos centelleantes ocultaban historias milenarias, y su presencia llenaba mi vida de una emoción que nunca antes había experimentado. Aquella noche fría, envueltos en el cálido abrazo del vino y la complicidad, Alina y yo compartimos un momento que cambiaría nuestras vidas para siempre. Después de la cena, mientras las estrellas titilaban en el firmamento y el viento susurraba secretos entre los árboles, nos refugiamos en la calidez del hogar. Con cada sorbo de vino, nuestras risas se volvían más libres y nuestras conversaciones más íntimas. Alina, con su mirada profunda y su sonrisa encantadora, irradiaba una energía que me atrapaba, como si estuviera bajo el hechizo de la luna misma.

Fue entonces, en medio de ese halo de complicidad, cuando Alina se acercó lentamente a mí, su aliento cálido con sabor a vino y mate rozando mi mejilla. El roce de sus labios contra los míos fue como un susurro del destino, un instante suspendido en el tiempo en el que el mundo entero desapareció a nuestro alrededor. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo mientras sus palabras resonaban en mi mente como un eco lejano. "Creo que ya eres más fuerte que tu padre, pero no estás listo", susurró en mi oído, sus palabras cargadas de un significado que aún no lograba comprender completamente. Aquella noche, mientras el vino embriagaba nuestros sentidos y el fuego crepitaba en la chimenea, su beso se convirtió en un recuerdo imborrable grabado en lo más profundo de mi ser. Y aunque no entendía del todo el significado de sus palabras, sabía que algo había cambiado entre nosotros, algo que marcaría el inicio de un nuevo capítulo en nuestra historia juntos.

Los días transcurrían en la granja, cada uno más extraño y cautivador que el anterior, mientras nuestra historia de amor tomaba un giro inesperado. Alina, mi amada compañera de aventuras, comenzó a experimentar cambios que desafiaban toda lógica y comprensión. Con el paso del tiempo, su vitalidad se volvió más evidente, como si estuviera absorbiendo la esencia misma de la vida que nos rodeaba en la granja. Sus pechos crecían con una exuberancia que desafiaba la gravedad, llenos de una belleza que parecía emanar de lo más profundo de su ser. Sus piernas se volvían más firmes y esculpidas, cada paso que daba irradiaba una gracia y una fuerza que parecían sacadas de un sueño. Su piel, antes suave y pálida, ahora adquiría un tono dorado y resplandeciente, como si estuviera bañada por la luz misma del sol. Cada caricia, cada roce, parecía deslizarse sobre una superficie satinada y perfecta, despertando sensaciones que nunca antes había experimentado. Y su cabello, ese mar de seda que caía en cascadas onduladas por su espalda, adquirió un brillo intenso y deslumbrante que eclipsaba incluso las estrellas en el cielo nocturno. Cada hebra parecía impregnada de magia, resplandeciendo con una luminosidad que iluminaba mi corazón en la oscuridad. A medida que la observaba transformarse ante mis ojos, me sentía cautivado por su belleza sobrenatural, por esa esencia radiante que parecía fluir a través de cada fibra de su ser. Y aunque su metamorfosis desafiaba toda explicación lógica, no podía negar la intensidad de mi amor por ella, una pasión que arde con la fuerza de mil soles y que me consume en una llama eterna de deseo y devoción.

Llegado el Verano recuerdo que un día comenzaron a pasar cosas extrañas, lo recuerdo como si fuera ayer. Un 7 de octubre bañado por el cálido sol del verano pampeano que acariciaba mi piel. Alina, mi amada, decidió hacer una pequeña excursión al pueblo cercano a pie, en busca de un poco de mate para compartir juntos bajo la sombra de los árboles. Sin embargo, lo que parecía ser una salida rutinaria se convirtió en el preludio de un misterio escalofriante. La tarde se desvaneció lentamente en el horizonte, y cuando el sol se ocultaba tras las colinas, Alina aún no había regresado a casa. La preocupación comenzó a apoderarse de mí, y conforme pasaban las horas, el corazón latía con fuerza en mi pecho, lleno de ansiedad por su seguridad. Fue en la oscuridad de la noche, bajo un cielo estrellado que parecía contener mil secretos, cuando finalmente vi su figura regresar a lo lejos. Pero algo estaba fuera de lugar, algo en su aura resplandeciente parecía diferente, como si estuviera envuelta en una luz sobrenatural que eclipsaba incluso la luminosidad de la luna.

Al día siguiente, cuando don Maxi, un anciano amigo de mi padre, llegó a la granja en su vieja camioneta, gritando a mi padre “Esteban vení vení tenes que ver esto pelotudo, uno de mis puercos ha muerto”. El aire estaba cargado de tensión y expectación. Su rostro marcado por los años reflejaba una mezcla de sorpresa y temor mientras nos guiaba hacia su camioneta en la parte trasera de carga donde yacía uno de sus preciados puercos, ahora sin vida. La escena que se presentó ante nosotros fue impactante: el animal había muerto en circunstancias inexplicables, con dos llagas profundas marcando su cuello como las huellas de un depredador invisible. Un escalofrío recorrió mi espalda al comprender la gravedad de la situación, mientras el misterio de la muerte del cerdo se entrelazaba con la extraña ausencia de Alina durante la noche anterior.

Ese día, Alina brillaba más de lo habitual, su piel radiaba un resplandor sobrenatural y su presencia parecía envuelta en un aura de misterio. Pero lo más perturbador fue su falta de apetito, un comportamiento que nunca antes había presenciado en ella, como si la esencia misma de la vida que la rodeaba ya no despertara ningún interés en su ser. El silencio pesado se extendió sobre la granja mientras contemplábamos la escena ante nosotros, preguntándonos en silencio qué secretos ocultos se escondían tras los acontecimientos de esa fatídica noche y qué oscuros presagios nos deparaba el destino.

Alina, con su resplandor sobrenatural y su aura enigmática, parecía ajena a la tensión que nos rodeaba. Su falta de apetito, tan inusual en ella, era como un eco siniestro de la tragedia que había ocurrido la noche anterior, una señal ominosa de que algo había cambiado en su ser. Y así, bajo el velo de la noche, nos sumergimos en el consuelo momentáneo del mate y el fernet barato que Alina había traído consigo. Con cada sorbo, la realidad se desvanecía y nos sumergíamos en un mundo de sensaciones intoxicantes y emociones intensas. Fue entonces, en medio de la embriaguez y la oscuridad, cuando Alina se acercó a mí con una pasión que nunca antes había visto en ella. Sus labios encontraron los míos en un beso ardiente y desesperado, su saliva como elixir de la vida que se deslizaba entre nuestros labios, embriagándome con su sabor dulce y viscoso.

Sus ojos cerrados, como si estuvieran buscando refugio en la oscuridad de la noche, revelaban una intensidad de emoción que me dejó sin aliento. En ese momento, sus labios rozando los míos, sus manos explorando cada rincón de mi ser, me sentí transportado a un mundo donde solo existíamos nosotros dos, unidos por un vínculo que trascendía la razón y el entendimiento. Y mientras el universo parecía detenerse a nuestro alrededor, me di cuenta de que en ese beso ardiente y apasionado, había descubierto una verdad profunda y eterna: que el amor entre Alina y yo era más poderoso que cualquier fuerza en este mundo, un lazo indisoluble que nos uniría por toda la eternidad, incluso en medio de la oscuridad más profunda y los secretos más oscuros. Entre mi entrepierna sentí mi mástil llenarse de sangre como mi corazón, ya había estado con María, no era mi primera vez. Con fuerza levanté a Alina, de la silla donde posaba su cola, y me la llevé a mi habitación. Hay noches que no llegan, se deslizan. Se acomodan en el cuerpo hasta que uno deja de distinguir dónde termina el pensamiento y dónde empieza el impulso, esa noche no tenía nada especial. Y tal vez por eso lo fue todo.

Afuera, la granja estaba en su silencio habitual, ese silencio que no es vacío, sino costumbre. El viento pasaba suave entre las láminas del techo, los animales ya estaban quietos, y la casa… la casa parecía respirar lento. Pero dentro de la habitación, algo no encajaba. Alina estaba de pie frente a mí. No hablaba. Se desnudó ese short corto que siempre usaba, cayó al suelo, dejando ver su vello casi imperceptible. El camisón que usaba dejaba ver sus tetas, grandes y llenas de sudor. Nunca hablaba más de lo necesario. Pero esa noche había algo en su forma de estar ahí que hacía que las palabras sobraran. Su piel no reflejaba la luz, la retenía como si la absorbiera. Como si en lugar de ser tocada por el mundo… fuera ella quien lo tocara todo.

Me acerqué. O tal vez fue ella, no lo sé. Aún hoy no puedo decirlo con certeza. Sus manos tocaron mi pecho. No fue una caricia, lenta, precisa. Como si ya supiera dónde estaba cada cosa en mí, como si no necesitara descubrir nada solo confirmar y devorar. Sentí el calor. Pero no era un calor normal. Era más denso. Más húmedo, olía a metal, a carne fresca. Me empezó a besar, y me bajó los pantalones, sus ojos brillaron cuando, mi mástil se asomó, y una sonrisa es de inmediato comenzó a besarme. En un momento me aventó a la cama ya desnudo y se montó en mí. Suavemente se comenzó a mover, pero algo sentí que me agarró.

—¿Por qué cierras los ojos? —le pregunté.

Solamente me dijo, es necesario cerrarlos, eres mío tontito.

Mi pregunta fue estúpida o tal vez porque me incomodaba no verla. Tal vez porque algo en mí ya sospechaba. Yo excitado y lleno de poder masculino, la comencé a tocar. Todo se volvió más cercano de lo que debía. Su cuerpo no reaccionaba… dirigía. Cada movimiento suyo tenía intención. No había duda. No había torpeza. No había descubrimiento.

 

Había memoria. Como si ella ya hubiera estado ahí antes. Como si yo solo estuviera alcanzando algo que ella ya conocía. El placer llegó rápido, demasiado. Pero no fue eso lo que me marcó, fue lo otro, esa sensación, leve al principio. Casi imperceptible, como si algo dentro de mí comenzara a soltarse. A deslizarse, a irse, no dolía, no era brusco, era lento.

Y por eso era imposible resistirse. Abrí los ojos. Y entonces… los vi. No completamente. Pero lo suficiente. Ese rojo, no era un color, era una presencia. Algo vivo, algo que no debía estar ahí. Algo que me miraba desde dentro de ella. Sentí un vacío en el pecho y después un vacío en mis pelotas, como si doliera, como si me succionara aún después de haber terminado.

Escuche un sonido salir de su boca y su sonrisa, cambió a unos dientes afilados, como de colmillos:

—Rrun…

Ese sonido no pertenecía a ningún lugar que yo conociera. No era voz, no era animal. Era algo más antiguo. Y aun así no me quité, Porque el placer… lo cubría todo. Y eso fue lo que me condenó. Después de esa noche, la realidad dejó de sentirse como algo continuo.

Al día siguiente, todo siguió como si nada hubiera pasado, y tal vez eso fue lo que más me perturbó. Mi padre llegó tambaleándose, con ese olor agrio a alcohol que ya se había vuelto parte de la casa, como si impregnara las paredes mismas. Pero había algo distinto en él, algo más decidido, más posesivo, como si hubiera tomado una resolución en silencio: hacer a Alina completamente suya. Por un momento pensé —y esa idea me persiguió después— que, si le hubiera hablado antes, si le hubiera dicho que entre ella y yo ya existía algo, que no era solo deseo sino una especie de vínculo que me había ido atrapando poco a poco, tal vez todo habría sido distinto. Tal vez no habríamos llegado a ese punto. Pero no lo hice. Me quedé callado… y ese silencio terminó por pudrirlo todo.

Mi padre se sentó a la mesa, comió sin decir una sola palabra, como si nada importara más allá de ese momento. Luego, sin mirarme siquiera, extendió la mano y tomó a Alina con una naturalidad que me quemó por dentro, olvidando la promesa de que jamás pasaría de nuevo. La llevó escaleras arriba como si fuera algo que le perteneciera desde siempre. Fue en ese instante cuando sentí algo romperse en mí. No fue tristeza. No fue celos simples. Fue odio. Un odio denso, pesado, dirigido no solo hacia él… sino también hacia mí mismo por haberlo permitido.

Ya no necesitaba escuchar para saber lo que ocurría arriba. Lo sabía. Lo sentía. Y aun así, los sonidos atravesaban las paredes como si buscaran alcanzarme. La rabia me invadió de tal forma que no pude quedarme. Tomé mi morral sin pensar y salí a caminar entre la oscuridad de la granja, tratando de ahogar en el aire frío lo que me estaba consumiendo por dentro. Caminé sin rumbo, con la mente llena de imágenes que no podía borrar, con la sensación de que algo me estaba siendo arrebatado… aunque en el fondo sabía que nunca había sido realmente mío.

Esa noche fue más larga de lo normal. Mi padre tardó más en bajar, y los sonidos… los gritos de Alina, se extendieron hasta bien entrada la madrugada. No eran gritos simples. Había algo en ellos que me inquietaba, algo que no podía nombrar, como si no fueran solo de placer, como si escondieran otra cosa, algo más profundo… más oscuro. Yo, allá afuera, bajo la noche abierta, apretaba los dientes, caminaba, respiraba fuerte… deseando con una intensidad casi dolorosa a la que ya no podía llamar completamente mía.

 

Lo que no sabía Esteban era que Alina ya no iba a ser solo suya en esas noches; a las tres de la madrugada sentí el cambio, no como un ruido ni como un movimiento, sino como un escalofrío que me recorrió el cuerpo, una presencia tibia, casi húmeda, que se deslizaba en la oscuridad de mi habitación, como si la noche misma respirara a través de ella. Abrí los ojos sin moverme y ahí estaba, de pie, observándome en silencio, como siempre, pero con algo distinto, algo más denso en su forma de estar.

Recuerdo esa segunda noche con una claridad que todavía me pesa: no era la misma dulzura callada que conocí al principio, había urgencia en ella, pero también control, un control inquietante, como si supiera exactamente lo que venía a buscar, como si cada gesto ya estuviera decidido. Se acercó despacio, sin apartar la mirada, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, sentí cómo el aire cambiaba, cómo su respiración se volvía más profunda, más pesada, quedándose suspendida entre nosotros. No me tocó de inmediato; primero me rodeó, como si estuviera reconociendo algo en mí, como si midiera lo que quedaba, y entonces sus manos llegaron, firmes, seguras, sin titubeo, encendiendo cada nervio de mi cuerpo sin que yo pudiera impedirlo, despertando un calor que no era común, que crecía desde dentro, envolvente, imposible de ignorar. Pero lo que más me marcó es que esa noche se bajó y me dijo cierra los ojos Tomás, mi mástil juvenil, estaba aceitado y ella lo succionó. No demoro más de 5 minutos, fue lo que vino después. Cada vez que me aferraba a su boca, algo en mí se iba, por un momento llegué a ver sangre saliendo de mi mástil, no solo leche. Sentí miedo, pero más me importaba mi placer.

Eso ocurrió 2 veces más a la 4 vez abrí los ojos un instante. Y la vi sus ojos ya no eran los mismos. Ese rojo… vivo… húmedo… latente… me miraba desde la oscuridad. No era furia. Era hambre. No me importó esa noche, me sentí un hombre como mi padre.

Ella no solo estaba conmigo. Se estaba alimentando de mí y yo lo estaba permitiendo. Eso se volvió rutina. Mi padre subía con ella y en la madrugada ella regresaba a terminar lo que había empezado conmigo. Noche tras noche. Mes tras mes. La ventaja contra el estúpido de mi padre era que yo tenía más juventud, más carga, pero la inexperiencia no ayudaba, pues no gritaba conmigo solo gemía y eso me hacía sentir, me hacía sufrir y pensar que jamás llegaría al nivel de mi padre. Y aun así no me alejaba, no quería alejarme. Porque aunque algo en mí se debilitaba, aunque cada encuentro me dejaba más vacío, también había algo que me mantenía atado a ella. Algo más fuerte que la razón. Más fuerte que el miedo, el amor que yo sentía por ella. Pero jugaba conmigo. Jugaba con algo que yo no sabía defender: mi corazón.  Durante el día, la veía moverse por la casa como si nada hubiera pasado. Como si las madrugadas no existieran. Como si yo fuera solo otra sombra en ese lugar.

Me servía la comida sin mirarme. Fría, distante como su plato de guisantes que siempre preparaba. Sus manos no temblaban, su rostro no cambiaba. Era como si el contacto de la noche se borrara con la luz del día.

Pero cuando él entraba todo era distinto. Su voz cambiaba, su postura cambiaba. Su mirada —Amor —le decía. —“Mi vida, queres tu copa de vino”  Y lo decía con una suavidad que a mí nunca me mostró.

Ahí entendía algo que me rompía lentamente, yo no la tenía. Yo solo la consumía mientras ella me consumía a mí. Mi padre se sentaba frente a ella, orgulloso, seguro, como si lo que tenía fuera suyo por derecho. Y yo estaba ahí, viendo cómo esa misma mujer que horas antes se aferraba a mí en la oscuridad, ahora le pertenecía completamente a él.

Había momentos en los que nuestras miradas se cruzaban breves, silenciosos. Y en esos segundos había algo. No era culpa, no era amor, era otra cosa. Algo más frío, como si me estuviera midiendo. Como si supiera exactamente cuánto de mí quedaba y cuánto más podía tomar. A veces, mientras comía, sentía el cansancio recorrerme el cuerpo sin razón. Como si no hubiera dormido en días. Como si cada noche me arrancara algo que no podía recuperar. Pero lo más peligroso no era el desgaste. Era que no quería detenerlo, porque en el fondo, muy en el fondo prefería seguir perdiéndome en ella a aceptar que nunca había sido mía.

Mi padre empezó a cambiar, y al principio fue algo tan sutil que cualquiera lo habría ignorado, pero yo no; yo veía cada detalle, cada gesto, cada intento desesperado por aferrarse a algo que claramente no entendía. Todos los días llegaba con flores, pero no eran flores del campo, no eran nuestras, eran compradas, acomodadas con una intención que me resultaba ajena, como si creyera que con eso podía domesticar lo indomable. Las dejaba sobre la mesa esperando algo, cualquier cosa, y ella las tomaba, las olía… y le sonreía, una sonrisa suave, tibia, que a mí nunca me ofrecía bajo la luz del día. Después vinieron los vestidos; dejó atrás ese viejo short gastado que parecía parte de su piel y empezó a usar telas ligeras, delicadas, que se movían con ella como si el aire mismo la siguiera, como si todo conspirara para hacerla más visible, más deseada.

Mi padre lo sabía, por eso insistía, por eso la llenaba de cosas: perlas, adornos, detalles que pretendían comprar algo que no se compra. Nunca plata. Nunca. Y eso me inquietaba más de lo que quería admitir, porque la única vez que intentó darle algo de ese material, ella lo rechazó sin palabras, con una expresión que no era enojo sino algo más profundo, casi visceral, como si la repeliera. Lo mismo ocurría con las imágenes religiosas; bastaba que aparecieran para que ella se apartara, silenciosa, intacta, como si no necesitara explicar lo que era evidente. Y aun así, mi padre seguía, terco, convencido de que podía poseerla, de que bastaba insistir lo suficiente para hacerla suya.

Hasta que un día, todo se rompió. Mi padre llegó distinto. Más violento, más consciente. No era el mismo hombre que regresaba borracho y en silencio; había algo más en él, más violento, sí, pero también más consciente. —Maldita sea… —dijo, golpeando la mesa con una fuerza que hizo vibrar los platos—. Has preñado a la criada. Sentí un frío seco recorrerme la espalda. —¿Qué…? —respondí—. Pero si tú… Me detuve, lo miré, y por primera vez lo hice sin miedo. —Tú también te la estas follando. El silencio que siguió fue peor que cualquier golpe. No respondió de inmediato, solo me sostuvo la mirada, y en Alina había algo nuevo, algo que no era rabia, sino una especie de reconocimiento incómodo, como si los dos estuviéramos viendo lo mismo por primera vez. —Calla, imbécil —escupió al fin—.  —Alina mi amor tengo que hablar con el pelotudo de mi hijo, sube a la habitación y enciérrate, mi amor. — Ella asintió con la cabeza sin cuestionar a mi padre —. — Tenemos que hacer algo — Y en ese momento lo entendí: no era solo deseo, no era solo placer. Alina nunca estuvo entre nosotros, siempre estuvo por encima, como si ambos hubiéramos sido arrastrados hacia ella sin darnos cuenta, como si ya no fuéramos dueños de lo que sentíamos. Mi padre se pasó la mano por la cara, respirando pesado, y luego habló más despacio, más frío. —Entonces vamos a tomar una decisión. Levanté la vista. —Te vas a largar de la casa. Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba. —¿Qué? —dije—. Eres un egoísta, padre. ¿Por qué quieres que me vaya así? Soltó una risa breve, seca. —No te estoy echando… te estoy quitando responsabilidades, estúpido. Se inclinó hacia adelante. —No sabemos de quién es. Sus palabras quedaron suspendidas, pesadas, incómodas. —Así que te vas a tener que largar. Se levantó y empezó a caminar por la habitación como si necesitara moverse para no perder el control. —Te voy a dar la mitad de mis tierras —continuó—. Ya eres suficiente hombre… y lo has demostrado. No hizo falta que aclarara a qué se refería, pero aun así lo hizo. —cogiéndote a Alina… como para mantener unas tierras tú solo. Apreté los dientes, sintiendo la sangre subir. —Así que te las daré. Construyes tu casa, te haces cargo de lo tuyo y te las arreglas como puedas. El enojo me explotó en el pecho. —Eres un imbécil —le dije—. ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Correrme como a un perro? Lo señalé sin dudar. —Me voy a llevar a Alina conmigo. Su expresión cambió de inmediato, endureciéndose. —¿Qué? Eso ni pensarlo, hijo. Se acercó más, invadiendo mi espacio. —Sabes que yo amo a esa mujer —dijo en voz baja—. Me encanta… ¿entendés? Me encanta. Había algo enfermo en su forma de decirlo, algo posesivo que me revolvió el estómago. —Pero esa mina es mía. Sentí un rechazo que me quemó por dentro. —Estás mal de la cabeza… —Y vos no sos mejor —respondió—. Vos también estás metido hasta el cuello. El silencio cayó otra vez, pesado, irreversible. Se llevó la mano a la frente, suspiró, y por un momento pareció más viejo de lo que era, como si todo le pesara de golpe. —Tenemos que arreglar esto de alguna forma… —murmuró. Se sentó, bajó la mirada y luego la levantó lentamente, dejando escapar una sonrisa torcida. —Yo ya soy un viejo… estoy cansado. Hizo una pausa, como si midiera lo que iba a decir. —Así que vamos a hacer un concurso. El aire se volvió más denso. —Justo —añadió—. Como debe ser. Sentí un escalofrío, porque en el fondo ya sabía que Alina no era el premio… era el origen del problema.

Mi padre empezó a explicarlo con una calma inquietante, casi como si disfrutara cada palabra: que sería como en las ferias de cuando yo era niño, cuando corríamos detrás de los cerdos en el barro y el que lograba sujetarlo se llevaba la victoria; solo que esta vez no habría animal alguno, esta vez sería ella. Primero, dijo, beberíamos, pero no una copa… una botella entera de vino cada uno, hasta que el cuerpo dejara de pensar y solo reaccionara. Luego, la desnudaríamos por completo —“no te hagas, estúpido, ya la conoces así”— y la cubriríamos con manteca de cerdo, suficiente para que su piel se volviera resbalosa, inalcanzable, casi imposible de sujetar. Después, la soltaríamos. Y correríamos tras ella. Se valdría golpear, pero solo lo necesario para aturdir, nada más; el que lograra sostenerla el tiempo suficiente, contando en voz alta hasta al menos cuarenta y cinco, sería el ganador. El premio… Alina. Lo dijo así, sin rodeos, sin pudor, como si fuera algo que pudiera ganarse, como si fuera algo que nos perteneciera. Yo no respondí, pero algo en mí ya se había quebrado.

Una semana después, el concurso se volvió realidad. El granero estaba preparado, el atardecer caía espeso sobre las tierras y el silencio parecía envolverlo todo. Las botellas de vino estaban sobre una mesa vieja, y en el centro, Alina, desnuda, sentada en una silla, mirándonos con esa calma que ya no era normal, con esa quietud que no era sumisión sino algo más profundo, algo que ninguno de los dos entendía. Su cuerpo parecía distinto, más definido, más vivo; sus piernas torneadas, su cintura marcada, y en su vientre esa leve forma que no terminaba de ser embarazo, pero tampoco otra cosa conocida. Su pecho subía y bajaba lentamente, su cabello caía sobre sus hombros, y todo en ella resultaba… demasiado perfecto. Yo tenía un plan, uno simple y desesperado: aturdir a mi padre, dejarlo fuera, ganar.

Pero en el fondo sabía que no sería fácil; él, aun viejo, tenía fuerza, y estaba dispuesto a pelear por ella como si le fuera la vida. Caminamos hacia el granero sin hablar, él cargando la silla, Alina a su lado como si aceptara las reglas sin cuestionarlas, y yo detrás, con la sangre hirviendo y la mente cada vez más nublada. —Comencemos —dijo al fin, extendiéndome la botella—. No seas cobarde. Bebí. El vino bajó ardiente, pesado, pero no apagó nada. Él bebía con facilidad, con entusiasmo incluso. Luego tomó el balde de manteca y, sin dudarlo, comenzó a cubrir el cuerpo de Alina con una lentitud que no era solo práctica, sino casi ritual. Sus manos recorrían cada parte de ella sin pudor, como si no estuviera tocando a una mujer sino reclamando algo que creía suyo. Yo me acerqué y lo imité, atrapado en una especie de trance, sintiendo cómo mis manos resbalaban sobre su piel, cómo ese contacto dejaba de ser solo físico para volverse algo más denso, más difícil de explicar. Por un instante, ambos estábamos arrodillados frente a ella, como si no estuviéramos participando en un juego, sino en algo más antiguo, más oscuro. —¡Basta! —gritó mi padre, rompiendo el momento—. Ya es suficiente.

Comencemos. —¡Alina, corre! Y ella corrió, pero no como alguien que huye, sino como alguien que ya conoce el final. Mi padre salió tras ella de inmediato, y yo, apenas un segundo después, también. Corrí con todo, sintiendo el cuerpo pesado por el vino pero empujado por algo más fuerte, algo que ya no era voluntad. Cuando los alcancé, él ya la tenía sujetada. —¡Vas a perder, estúpido! —gritaba—. ¡Es mi mujer! Y comenzó a contar en voz alta. No lo pensé. Me lancé contra él y lo golpeé con toda la fuerza que tenía. —¡Ah, carajo! —gruñó—. ¿Por qué no puedes aceptar que es mía? ¡Te estoy salvando, imbécil! Pero no me detuve. Golpe tras golpe, como si cada uno sacara algo que llevaba dentro desde hacía tiempo. Vi sangre en su boca, lo vi tambalearse… y aun así me devolvió un golpe seco que me tiró al suelo. El aire se me fue del cuerpo, la cabeza me zumbó, y en ese instante Alina se soltó y volvió a correr por el granero, ligera, inalcanzable, casi irreal. Todo se volvió confuso, caótico: yo en el suelo, mi padre jadeando, ella moviéndose como algo que no pertenecía a ese lugar. Y entonces lo entendí con una claridad brutal: no estábamos peleando por ella… estábamos siendo arrastrados por ella. Consumidos. Noche tras noche, deseo tras deseo, vacío tras vacío, hasta dejarnos así, golpeándonos, sangrando, perdiéndonos… solo por una mujer. Una mujer que, de alguna forma, ya nos había quitado mucho antes de que creyéramos tenerla.

Volví con fuerza a noquear a mi padre esta vez, lo dejé tirado. Cuando por fin la sujeté, sentí que todo lo que había pasado hasta ese momento se concentraba en mis manos. Su cuerpo se movía, resbaladizo, casi imposible de contener, pero yo la apreté con todo lo que me quedaba, con una mezcla de desesperación y deseo que ya no distinguía una cosa de la otra. Empecé a contar, fuerte, como si mi voz pudiera sostener la realidad: uno, dos, tres, cuatro… mi padre jadeaba detrás de mí, agotado, pesado, y por un instante creí que iba a ganar, que por fin algo sería mío. Treinta y ocho, treinta y nueve… cuarenta… y en ese segundo en que todo parecía inclinarse a mi favor, sentí el golpe. Seco. Brutal. Me arrancó el aire y me lanzó contra el suelo. “Estúpido, quítate”, escuché su voz, lejana y al mismo tiempo demasiado cerca. La cabeza me zumbó al chocar contra la tierra, una luz blanca cruzó mi visión, pero no perdí el sentido, no del todo; seguía ahí, atrapado en ese momento que se desmoronaba frente a mí. Y entonces su voz volvió, firme, casi victoriosa: uno, dos, tres… comenzó a contar él, como si nada hubiera pasado, como si yo ya no existiera. Intenté moverme, levantarme, pero el cuerpo no respondía. Cuarenta y cuatro… cuarenta y cinco. Silencio. Luego su risa. “Es mía… gané, te gané.” Sentí cómo las lágrimas se acumulaban sin que pudiera detenerlas. “No… no es posible… Alina… mi amor…” pero ya no había nada que hacer. Mi padre, todavía ebrio, con esa seguridad violenta que le nacía del triunfo, me miró con desprecio y escupió las palabras que terminaron de romperlo todo: “Ahora quiero que agarres tus cosas y te largues de mi granja.” Me quedé ahí unos segundos, respirando con dificultad, con el dolor en la cabeza latiendo al mismo ritmo que el vacío en el pecho. “Está bien… has ganado”, alcancé a decir, tragando orgullo, rabia, todo… “pero tenlo claro… la voy a recuperar.” Él ni siquiera dudó. “Lárgate.” Eso fue lo único que escuché.

Al día siguiente, la casa ya no era la misma. O tal vez era yo el que había cambiado. Recogí mis cosas en silencio, cada objeto parecía más pesado de lo que recordaba, como si estuviera cargando algo más que ropa o herramientas. Cuando salí, mi padre ya estaba afuera, limpio, sobrio, con una expresión que no le conocía, una calma que resultaba más inquietante que su borrachera. Sin decir mucho, me aventó las llaves de la camioneta. “Tomá. La vas a necesitar… la vas a ocupar, hijo mío.” Su voz tenía algo extraño, una mezcla entre firmeza y una ternura que nunca había sabido mostrar. “Sabes que no soy muy cariñoso… pero te amo. Y esto es por tu bien.” Lo miré sin poder creerlo, sintiendo cómo la rabia volvía a subir. “¿Por mi bien? Eres un imbécil… acabas de quitarme al amor de mi vida.” No se movió, no discutió. Solo respondió, bajo, casi cansado: “Las cosas no son como parecen… algún día lo vas a entender.” No quise escucharlo más. Antes de subir a la camioneta, volteé por última vez hacia la casa. Ahí estaba ella. Alina. Asomada en la ventana. Inmóvil. Fría. Distante. Solo observando, como si yo ya no formara parte de ese mundo, como si nunca lo hubiera hecho.

Pasaron los meses y no volví. No pude. La granja se convirtió en algo que prefería no recordar, aunque nunca dejara de sentirla dentro de mí. Mi padre, en cambio, sí venía. De vez en cuando aparecía en la casa que estaba levantando, revisaba cómo iba todo, a veces incluso ayudaba en silencio, como si nada hubiera pasado entre nosotros. Pero siempre había un límite. Siempre había algo que no se podía tocar. Cada vez que reunía el valor para preguntarle por ella, por Alina, su respuesta era la misma, seca, cerrada: “Ese tema ya está resuelto. No quiero que vuelvas a tocarlo, estúpido. Es por tu bien.” Y después… callaba. Y en ese silencio… había algo peor que cualquier respuesta.

Pasó el tiempo… y un día mi padre dejó de venir. Al principio no me preocupé; pensé que estaría ocupado, o simplemente borracho en algún rincón de la granja, como tantas otras veces. Pero las semanas pasaron, luego un mes, luego dos… y no volvió. Para entonces, mi casa ya no era un chiquero; tenía paredes firmes, techo digno, cuartos donde el aire no se sentía tan pesado. Había logrado algo… o al menos eso quería creer. Fue en ese tiempo que conocí a Julieta. Trabajaba en la tienda donde compraba semillas. Era joven, con esa ligereza que yo ya no tenía, piel clara, ojos cafés tranquilos, cabello negro cayendo sobre los hombros… pero no era su apariencia lo que me atrapó, era su forma de estar, sin peso, sin sombras, demasiado inocente para alguien como yo. Porque yo ya no era el mismo. Había algo en mí que se había quedado atrás, en esa granja, en esas noches, en esa sensación de vacío que nunca terminó de irse. Tenía 20 años, pero al mirarme al espejo parecía mayor, como si el tiempo me hubiera atravesado de una forma distinta, como si algo me hubiera consumido lentamente desde dentro. Aun así, Julieta no veía eso; o si lo veía, no le importaba. Y eso, más que aliviarme, me incomodaba. Un día decidí volver. No por nostalgia, sino por una inquietud que ya no podía ignorar. Tomé la camioneta vieja que mi padre me había dado y manejé hasta la granja. Desde lejos lo supe: la casa estaba abandonada, la hierba crecida, el aire detenido, como si el lugar hubiera sido olvidado por la vida. El granero abierto, los perros flacos y desesperados se me acercaron de inmediato; los espanté sin pensar. No quería sentir nada en ese momento. Entré. —¡Padre! ——¡Esteban! —¡Viejo, vení! ——¡—grité—. ¡Soy Tomás! Nadie respondió. Subí las escaleras, cada paso más pesado que el anterior, y al abrir la puerta de su habitación lo vi. Mi padre estaba ahí, pero no como un hombre muerto, sino como algo consumido y junto a él nuestro perro Tobias muerto igual, pero este si en estado de putrefacción. Su cuerpo seco, encogido, envejecido más allá de lo natural, como si hubiera vivido cien años en cuestión de semanas. La piel pegada al hueso, el rostro hundido, como si algo le hubiera arrancado la vida desde dentro. No había duda: no había sido la vejez, había sido otra cosa. —Alina… —murmuré, pero no había rastro de ella, ni una prenda, ni una señal, solo una ausencia total que lo decía todo. Y entonces lo entendí.

Mi padre siempre lo supo, y ahora lo entiendo con una claridad que antes me negaba a ver; por eso me echó, no por orgullo ni por celos, sino para salvarme. Alina no era una mujer, nunca lo fue, y lo que hizo con nosotros no fue amor, fue consumo: nos tomó a los dos, nos envolvió en deseo y placer, nos hizo creer que éramos nosotros quienes elegíamos, quienes dominábamos, cuando en realidad éramos nosotros los que nos entregábamos sin defensa, vaciándonos poco a poco sin darnos cuenta. Incluso ese hijo que nunca conocimos… no era humano, era algo más, algo que no debía existir. Salí de esa casa sin mirar atrás, con una certeza fría clavada en el pecho: yo debí haber terminado igual que él. Pero no fue así, y por primera vez comprendí por qué. Regresé con Julieta, y cuando abrí la puerta ella estaba ahí, esperándome en silencio, como si supiera que ya no era el mismo. No dijo nada, solo se acercó y me abrazó; su cuerpo era cálido, real, humano… distinto. No había esa intensidad que devora, no había ese vacío que arrastra, solo había algo que había olvidado: calma. Me quedé ahí, sosteniéndola, sintiendo su respiración contra mi pecho, y por primera vez en mucho tiempo no sentí que algo dentro de mí se escapara; no había pérdida, no había hambre… solo presencia. Esa noche dormí de verdad. Y aunque sé que algo en mí nunca volverá a ser el mismo, también entendí algo que me marcó para siempre: no todo lo que se siente intenso es amor, no todo lo que quema es vida, y no todo lo que parece humano lo es. Hay cosas que solo consumen hasta no dejar nada, y otras, más simples, más humanas, que permanecen. ¿Fue amor? ¿Fue dolor? No lo sé… pero sí sé que me arrancó algo que jamás volverá. Porque aunque hoy esté con Julieta, hay una herida que no sana, una ausencia que no se llena; algo en mí quedó allá, en esas noches, en esa mirada… como si Alina no solo hubiera pasado por mi vida, sino que se hubiera llevado una parte mi alma con ella.


28 ago 2019

Letra con café reflexión de un chavo ruco


Hoy como lo solía hacer hace ya mucho tiempo, he reflexionado sobre la vida y el pasar del tiempo. Hace poco me preguntaron si yo tenía un blog a lo que contesté que sí. Que escribía sobre tecnología. Aunque mis entradas o post no son frecuentes, escribía de varios temas. Pero ahora me siento ahogado en un mundo cibernético que dejó de entender a los viejos blogeros y a la lectura, para dar paso a un mundo más visual e invasivo. Un mundo digital con Miles de videos e imágenes en movimiento. Dónde la creación de contenidos parece ser cosa de niños. Y con pasos agigantados la tecnología de autocompletar y corregir, la comunicación de manera escrita parece burda y atrasada comparada con YouTube, Instagram o WhatsApp. En este mundo donde a las personas no les importa ser cada vez más cuantificadas, por las normas y reglas de privacidad que ofrecen las redes sociales. Dónde parece que te leen la mente, al ofrecerte productos y servicios que dijiste o pensaste. Es escalofriante. Que nos depara el futuro, no lo sé ¿Y tú lo sabes? 

18 ago 2016

Como obtener la ultima versión de Inkscape en Debian









Hace poco tenía que trabajar con Inkscape, pero en mi Debian Jessie no estaba actualizado, tenía la versión anterior que era la 0.4 la versión ultima es la 0.91.


Primero hay que instalar dependencias

Nos logueamos como Administrador

$su

Hacemos una actualización

$ apt-get update
$ apt-get upgrade

Si no lo tenemos, Instalamos inkcape 0.4

$ apt-get install inkscape

Abrimos Descargas y creamos un directorio temporal

$ cd Descargas
$ mkdir Ink
$cd Ink

Preparamos todo para la ultima versión

$ sudo apt-get install libsigc++
$ apt-get build-dep inkscape

Descargamos la ultima versión sin compilar y descoprimimos

$ wget "https://inkscape.org/en/gallery/item/3860/inkscape-0.91.tar.bz2"
$ tar xvjf inkscape-0.91.tar.bz2
$ cd inkscape-0.91

Compilamos

$ ./configure
$ make
$ make install

Resolvemos dependencias

apt-get install -y

Acá les dejo el Script por si les da flojera compilar.

Saludos.

25 feb 2016

¿Que harán con los terrenos del Aeropuerto Internacional de la CDMX?

El 2 de marzo será un día muy importante. El Consejo Económico y Social de la CDMX y la SEDECO le entregarán al Jefe de gobierno de la CDMX Dr. Miguel Ángel Mancera la propuesta de opinión de la ciudad que pretende asegurar el interés público sobre los terrenos que dejará el actual Aeropuerto de la Ciudad de México en 2023. Esto se hará porque el gobierno pretende proteger el “interés público” antes que el privado.


Tan solo pensar que el terreno del actual Aeropuerto tiene 746 hectáreas, de esas 710 de corresponden a la CDMX y otras 36 al Estado de México y pensar que es más grande que el Bosque de Chapultepec o más grande que el Central Park de New York, provoca tentaciones a los inversionistas inmobiliarios. Y es que haciendo un análisis de la CDMX este terreno a ojo de buen cubero puede ser otro Centro, centro financiero, centro de zonas departamentales exclusivas o un pulmón para la ciudad. Y es que el tema ha estado caliente desde Septiembre del 2015 con el foro internacional, donde se vieron varias mesas de debate, organizada por el gobierno de la CDMX.




Viendo las perspectivas de otros Aeropuertos y sus terrenos desocupados.También hay proyectos independientes que pretenden incluir zonas residenciales, re ubicar los poderes y dar espacio para un parque pero es un tema tan complejo, que implica desde quien tiene la jurisdicción de esos terrenos hasta problemas más sociales y de desarrollo urbano. Implica al gobierno federal y al gobierno de la CDMX, a diferentes secretarías y por supuesto a la ciudadanía en general. Para quienes vivimos cerca del Aeropuerto, es un terreno dividido, y apartado. Si tu das un paseo por las calles después de la Av 608 encontrarás calles con baches y peligrosas, desigualdad social y problemas de tráfico.


Eso se puede agrandar si los urbanistas y arquitectos y por supuesto el gobierno de la CDMX no hace un proyecto integral. La desigualdad social en el oriente siempre ha existido, no es lo mismo el poniente que el oriente, no es lo mismo el Bosque de Aragón que el bosque de Chapultepec.


Uber patrón de desigualdad social


El siguiente mapa de Uber muestra cómo la clase media alta se transporta y dónde vive. La plataforma lo publicó en 2015 en su página junto al de otras ciudades del Mundo. Pero lo eliminó después de un tiempo, gracias a Internet lo he encontrado y se puede ver gráficamente en este blog.

mexicocitymap.png


Desde Santa Fé hasta Lomas de Chapultepec, pasando por Polanco, nuevo Polanco, la Condesa, la Roma, Escandón ,la Nápoles, Colonia del Valle, colonia Xoco entre otras del sur. Todas estas Colonias, pegadas a los centros culturales, educativos, deportivos y financieros más importantes del país. En esas colonias no hay mototaxis o golfitaxis. Estos son muy comunes en el oriente de la ciudad y en el Estado de México y sobre todo se han ido incrementando en las colonias de Aragón 3ra sección y 4ta sección, CTM y FOVISSSTE Aragón ofreciendo un “servicio rápido” pero inseguro y violando varios artículos del reglamento de tránsito y ley de movilidad en el artículo 258 de la CDMX.


El Gobierno de la Ciudad y el Secretario de Movilidad en una nota de Milenio dijeron que se harían cargo de ellos el año pasado, colocando RTP en donde se demandaran, pero hasta ahora siguen en las calles.1 Nadie les dice nada porque están bien organizados y son muy violentos con el peatón y el automovilista. Varios de los motociclistas son “personas sin estudios y que antes asaltaban, pero ahora chambean pa bien” de acuerdo con la voz populi de la señora del pan, que también es ilegal. Pues los ambulantes son otro problema que es muy común en Nororiente de la ciudad, dejando al peatón vulnerable.
mototaxisdoblefila.jpg


El grado de Marginación urbana también se puede mapear utilizando datos de CONAPO y en Nororiente de CDMX se observa un grado de marginación medio, pero quién vive aquí puede decir que nos faltan servicios públicos de transporte, calidad de vida, centros culturales y por supuesto ciclovías.




El gobierno de la CDMX está muy interesado en el terreno que dejará el Aeropuerto, pero el Oriente de la Ciudad no se va a llenar de mejoramiento urbano automáticamente, al contrario, si se hace un desarrollo de oficinas de gobierno, zonas comerciales y residenciales esa zona se convertirá en el nuevo Santa Fé de la ciudad excluyente y elitista.


¿Qué se hace entonces?


Se propone valorizar las zonas aledañas de la ciudad, a través políticas públicas que favorezcan la movilidad y el desarrollo económico local de las colonias pegadas al Aeropuerto. En la Moctezuma segunda sección viajando desde el metro se puede observar cómo se están edificando departamentos sin planeación Urbana, el problema vendrá a futuro cuando esos departamentos demanden más agua, más servicios públicos y las personas se fastidien del tráfico y el transporte ineficiente. Nadie quiere una calidad de vida en deterioro.




En esta zona de la Moctezuma también los nuevos desarrollos ofrecen cercanía al Aeropuerto, los ingenieros y financieros de las inmobiliarias entienden el fenómeno que se aproxima, que los terrenos del AICM serán desocupados en 2023 y ofrecen cercanía al centro de la ciudad o a un nuevo centro. Pero en la fotografía anterior se muestran espacios públicos llenos de automóviles, suciedad y desorden. Ahí es cuando el gobierno debe intervenir, forzando a las empresas constructoras a mejorar el espacio urbano, con ciclovías y áreas verdes. Otra forma, sería someter a los automovilistas a un examen basado en el reglamento de tránsito y la ley de movilidad cuando renueven licencia o tramitan placas en el caso de automovilistas con licencia permanente. Hay que recordarles que los ciclistas ya tienen prioridad, en calles y avenidas. Fortalecer programas de educación vial en las escuelas primarias y secundarias. Fomentar el uso de la bicicleta en escuelas de nivel medio superior y crear más bici estacionamientos en lugares públicos y privados. Regularizar o eliminar a mototaxis y golfitaxis quienes no respetan al ciclista ni al peatón, no pagan impuestos y son inseguros.


Charles Palmer dice que que las ciclovías reducen la desigualdad social, además favorecen la convivencia entre automovilistas, ciclistas y ciudadanos, también menciona que para las mujeres es un excelente medio de transporte 2 conociendo el alto acoso que sufren a diario en el transporte público capitalino. En este momento es cuando el gobierno debe de empezar a preparar infraestructura de movilidad. Las ideas están solo falta estudiarlas más y desarrollarlas. Como vecino y habitante de esta ciudad me preocupan las decisiones que se tomen este 2 de Marzo y sin una integración urbana, nuestras colonias se convertirán en zonas excluidas del proyecto “La Opinión de la Ciudad”, que tal vez sea financiado bajo un esquema de A P-P (Asociación Público-Privada) pues el gobierno de CDMX no tiene recursos suficientes como para poner un parque o un centro educativo ahí. Esto es justificable pues es la forma más viable de hacer infraestructura desde el punto de vista Económico y ha tenido casos de éxito. Lo más probable es que se presente una propuesta de oficinas de gobierno, parques, centros educativos, hospitales y zonas comerciales y residenciales bajo el esquema A P-P, promoviendo algo parecido al corredor cultural Chapultepec o Ciudad Futura. Sea cual sea la propuesta, esta debe incluir ciclovías e integración urbana con las colonias de alrededor. La página está actualizada y suben información a cada momento.




En la foto se aprecia al Secretario de Desarrollo Económico de la CDMX Salomón Chertorivski interesado por la ciudadanía, pero hay que hacer que nos escuchen más. El problema es que se debe empezar a actuar antes, cosa que muy pocos políticos y gobernantes locales han hecho, hacen caso omiso y no intervienen. Si ellos no lo hacen, hay que hacerlo nosotros, la ciudadanía, debatiendo y opinando.


Urgen más ciclovías para este cuadrante, se debe fomentar el transporte híbrido con biciestacionamientos, de debe prevenir la demanda y por supuesto crear más demanda, fomentar los mercados locales y resolver las problemáticas de las zonas colindantes con lo que será el viejo Aeropuerto. No te quedes fuera, opina y debate, faltan 8 años para el proyecto pero las decisiones ya se están tomando para la gran transformación urbana.


Referencias:










Base de datos

Publicidad

Software Libre

GNU

Buscar este blog